Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José A. Goytisolo

Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José A. Goytisolo

Pocos deben ser los hombres que no buscan la felicidad, esa palabra tan complicada de definir y que tanta gente ha intentado explicar con muy relativo éxito.

El día que nació mi hija Laura escogí partidarios de la felicidad para amenizar la espera y los ratos muertos y más allá de eso como una especie de sortilegio o augurio para el espíritu vital de la nueva niña que venia al mundo. La felicidad es tal como comenté más arriba un bien deseado, quizás el más deseado y es esto tan cierto como que hasta los poetas, esos seres proclives a la melancolía y a los claroscuros del vivir, al fin son partidarios de ella, o por lo menos eso nos intentó decir Carme Riera en el libro dedicado a los poetas catalanes de los 50, o lo que es lo mismo, los poetas Españoles de los 50 si incluyésemos al enorme Angel Gonzalez.

Mi modestísima afición a la poesía nació de uno de los poetas más destacados de esa generación, Jaime Gil de Biedma, autor a su vez del poema canción de aniversario, poema que contiene la frase que da nombre al libro. A partir de Gil de Biedma entré en la poesía y de su mano en los autores de la generación de los 50, partidarios aparte de la felicidad, de una poesía en la que las palabras usuales del lenguaje hablado se arman para crear poesía.

La mayoría de los poetas de la generación de los 50 eran amigos y al pasar de los años unos se fueron enterrando a otros. El primero en ser enterrado fue, a los 21 años, Jorge Folch. De el es esta poesía, leída tantas veces desde que la descubrí.

A los neuróticos

Vedme: tengo ajustadas las mandíbulas,

y recta la nariz entre los ojos

de acero azul. Me llamo Creso Livio;

mi padre fue pretor de Tarragona

y era romana la robusta virgen

que le dio el mediodía de su vientre

y a mi la sangre blanca de sus pechos.

Superviviente soy de la patricia

raza de los felices; de la muerte

sé nada más que es, y sólo pido,

a su llegada, un buen telón de fondo.

Hay suficientes parras en mis párpados

para dormir al sol, si me parece.

Y no falta el afán de mi colmillo

-de mujer, de caballo o de ternera-

un pedazo de carne cada día.

Jorge Folch murío ahogado accidentalmente en una cisterna a los 21 años. No se si el imagino este final como un buen telón de fondo, en todo caso el telón corrió para su vigorosa poesia.

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